Asaltaron una prision proxima a Venecia: Schio, Italia.
Estos días he estado recogiendo información del Campeonato de España de Baloncesto - Copa de S. E. el Generalísimo de 1945, en las fechas de semifinales, el lunes, 9 de julio de 1945, PUEBLO El Diario Nacional del trabajo, no tenía noticias de baloncesto, pero en su portada tenía dos noticias que me han llamado la atención una es sobre: Asaltaron una prision proxima a Venecia: Schio, son días después del fin de la Segunda Guerra Mundial en Europa, con la capitulación de Alemania, pero seguían los conflictos, luchas y asesinatos.
Otra "ejecución en masa"
por los guerrilleros italianos
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ASALTARON UNA PRISIÓN
PRÓXIMA A VENECIA
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CUARENTA Y SIETE FUSILADOS, ENTRE
ELLOS TRECE MUJERES
MILAN, 9.- Cuarenta y siete nazifascistas, entre los que figuran trece mujeres, han sido ejecutados en masa por los guerrilleros que asaltaron la prisión de Schio, cerca de Venecia, donde un gran número de "colaboracionistas" se encontraban encarcelados, informa el periódico "Corrieri de Informázzioni".
El citado diario añade que 15 guerrilleros armados con ametralladoras de mano entraron por fuerza en la prisión y seleccionando a 73 presos políticos abrieron fuego contra ellos, matando a 30 hombres y 13 mujeres allí mismo. Otros cuatro fallecieron en el hospital y 26 se encuentran en estado gravísimo. (Efe.)
https://prensahistorica.mcu.es/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=574363
Lunes, 9 de julio de 1945, PUEBLO, noticia en portada.
Con la búsqueda “Prisión de Schio Italia”, en Google, destacó los dos primeros resultados, orden invertido pongo primero el segundo.
La hija de un alcalde fascista abraza al partisano que mató a su padre
Después de la guerra, pasaron 72 años de odios y rencores, pero al final con coraje ha llegado un histórico[…]
finanzas.com 7 Feb 2017 13:05
Después de la guerra, pasaron 72 años de odios y rencores, pero al final con coraje ha llegado un histórico abrazo de paz entre la hija de un alcalde fascista y un partisano, viejo comunista de 94 años, que mató a su padre.
Valentino Bertoloso, cuyo nombre de batalla era «Teppa», realizó una empresa que forma parte de las páginas negras de la posguerra. En 1945, con la Segunda Guerra Mundial acabada, los partisanos de la Brigada Garibaldi entraron en la cárcel de Schio, pueblo de 39.000 habitantes de la provincia de Vicenza, norte de Italia, y capturaron a todos los detenidos: fascistas y presos comunes, hijas de fascistas encerradas como rehenes, amas de casa? Hicieron una masacre, asesinando 54 personas, entre los 18 y 74 años. Entre ellas estaba Giulio Vescovi, de 35 años, que era el «podestá» de Schio (durante la época fascista, entre 1926 y 1945, el «podestà» era el jefe del gobierno de una ciudad). Uno de los ejecutores materiales del asesinato fue Valentino Bertoloso, el «Teppa», quien fue también combatiente en Rusia.
Guerra interminable
Después de la matanza, y durante decenios, se han sucedido en la ciudad de Schio injurias, odios e ilaciones venenosas. Con ánimo de poner fin a una guerra interminable, se llegó a firmar incluso el «Pacto de la Concordia» en el ayuntamiento de Schio, en el 2005. Pero lo que continuaba a reinar en la ciudad era la discordia y el rencor, como se reflejó en el verano pasado, cuando a Schio llegó la noticia de que al «Teppa» le habían concedido la Medalla de la Liberación, asignada por el Ministerio de Defensa por sus méritos adquiridos durante la Resistencia. Este alto reconocimiento para el «Teppa» había sido promovido por la Asociación Nacional de Partisanos de Italia (ANPI), una medida que fue contestada por el alcalde de Schio, Valter Orsi, de centro derecha, y finalmente revocada por el ministerio. Todo ello en medio de un nuevo ciclo de acusaciones recíprocas entre familias.
En este resurgir de una nueva guerra de odios, Anna Vescovi, que muy niña llegó en tiempo de ver a su padre herido de muerte, decidió poner punto final y alcanzar la paz: «Sentí resonar en mi interior las palabras del Salmo: Misericordia y verdad se encontrarán, justicia y paz se besarán. Me dije: Basta. Y decidí escribir al ?Teppa?», ha contado Ana Vescovi, hoy con 74 años, psicoterapeuta.
Final de la guerra con intercambio de cartas
Después de una guerra sangrienta en Italia, han tenido que pasar decenios para que llegara un simbólico abrazo de paz. Lo buscó con ahínco la hija del «podestà», Anna Vescovi, quien escribió en octubre una carta a Valentino Bertoloso, el «Teppa», manifestándole «el deseo de conocerlo personalmente»: «Un gesto que quizás le sorprenderá y podría parecerle incomprensible. He reflexionado mucho y he comprendido que nuestras vidas, la mía y la suya, están ligadas inexorablemente por los mismos hechos. Nos une el mismo dolor que por aspectos diversos ha hecho continuamente de fondo al transcurrir de nuestra existencia», escribió en su carta la hija del «podestà», Anna Vescovi. «Cuando abrí el sobre y leí ?Caro Valentino?, sentí desaparecer una piedra que he llevado en el corazón durante mucho tiempo. Y me puse de inmediato a responderle», ha recordado el «Teppa».
En efecto, Valentino Bertoloso le mandó una sentida carta: «A distancia de muchos años me parece una señal positiva poder declarar por fin el final de la guerra, al menos entre las dos familias que, aunque tardíamente, han logrado superar las consecuencias bastante dolorosas de una guerra infame que esperemos no se repita nunca jamás por el bien de todos, de la paz y la serenidad de los corazones. Le agradezco que haya tenido la fuerza y el coraje de dirigirse a quien le ha quitado el padre».
Abrazo entre lágrimas
Después de este intercambio de cartas, ambos decidieron tener un encuentro personal en Schio. El «Teppa» recibió con un abrazo en su casa a Anna Vescovi a cuyo padre había asesinado hace 72 años. Decidieron hacer pública la paz, haciendo de garante al obispo de la diócesis de Vicenza, Beniamino Pizziol, en cuya presencia firmaron la paz en un documento en la sede arzobispal.
El viejo comunista, primogénito de una familia obrera con 11 hijos, abrazó entre lágrimas a Anna Vescovi, haciendo esta reflexión: «Espero que nuestro gesto de reconciliación sirva para las generaciones futuras y de que los jóvenes se den cuenta de la inutilidad y crueldad de una guerra», manifestó el «Teppa». Su rostro se le iluminó cuando Anna aseguró: «No sé cómo, pero en esta historia hay un Algo, un más allá que nos guía a ambos».
Mientras los dos charlaban de sus cosas, como dos amigos de vieja data, les llegaron las palabras de Danilo Andriollo, presidente de la Asociación Nacional de Partisanos de Vicenza, aplaudiendo esta reconciliación: «Anna y Valentino son la esperanza en carne y hueso gracias a los cuales, llegando de un pasado cruel, nos indican a todos un futuro de paz».
La masacre de Schio.
La provincia de Vicenza fue, en los últimos meses de la guerra, una de las más atormentadas por la guerra civil, siendo al final del conflicto el lugar de concentración de las tropas alemanas en retirada, el principal nudo de comunicaciones hacia la llanura del Véneto y un importante nudo de comunicaciones por carretera.
En la imagen; Giuseppina Ghersi. La historia de Giuseppina es la real, de una niña de 13 años ejecutada por ser "fascista". Fue violada y luego asesinada por una banda de partisanos que, después del 25 de abril de 1945, exigían justicia, pero querían venganza. Esta también es una historia real. En Savona, al oeste de Liguria, muchos supieron lo que ocurrió después de la Liberación. En 2003 esta historia fue reconstruida también por Giampaolo Pansa, en Sangue dei vinti. Los testigos dicen: «Los secuestradores de Giuseppina decidieron que ella había sido una espía de los fascistas o de los alemanes. Le cortaron el pelo al cero. Le rociaron la cabeza con pintura roja. La llevaron al campo de concentración fascista de Legino, también en el municipio de Savona. Allí la golpearon y la violaron. Un pariente que logró localizarla en Legino la encontró en estado desesperado. La niña estaba llorando. Él suplicó: ¡Ayúdame! Quieren matarme. No hubo tiempo para salvarla porque pronto fue asesinada por una ráfaga de ametralladora, cerca del cementerio de Zinola. Quien vio su cuerpo lo encontró en un estado lamentable.
Y, como siempre ocurre, los que pagaron el precio fueron en su mayoría los habitantes que no tenían nada que ver con ninguno de los dos bandos y que lucharon hasta la última gota de sangre.
Si, como escribió Giorgio Pisanò, " la sangre llama a la sangre " , los vicenses, quizás más que nadie, pagaron el precio: bombas llovidas del cielo por ingleses y americanos, mientras alrededor era un incendio y, encontrarse en un determinado lugar tras alguna acción llevada a cabo por las fuerzas partisanas, equivalía a una muerte segura, con el riesgo de encontrarse con las patrullas de búsqueda de las fuerzas alemanas e italianas de la República Social.
Se han escrito libros de tinta sobre la verdadera utilidad de llevar a cabo, en los últimos meses de 1945, ataques relámpago contra un ejército en retirada y derrotado, que fueron seguidos, según una práctica ahora consolidada, por represalias y ejecuciones.
Como los ocurridos el 30 de abril de 1945, en las aldeas de Forni y Pedescala, en Valdastico. Aquí, de hecho, los partisanos atacaron dos columnas alemanas en retirada, desatando, como era previsible, la ferocidad alemana: en total, 82 muertos.
Como recuerda también Giampaolo Pansa en su Il sangue dei vinti , muchos habitantes de la zona «no perdonaron a los partisanos que hubieran atacado la columna alemana sin pensar en las consecuencias para los civiles. Se acuñó una terrible consigna contra las formaciones de la zona: disparaban y luego desaparecían» .
En Schio, durante las fases más agudas de la guerra civil, estuvo activa la División Garibaldi Ateo Geremi, de extracción predominantemente comunista: al final de la guerra, por orden de las autoridades militares aliadas (que ya estaban preocupadas por un posible avance de la izquierda en Italia) se dio la orden de desmovilizar el grueso de las formaciones partisanas, así como de entregar cualquier tipo de arma. Muchos respondieron al llamado, pero varios grupos decidieron no respetar las instrucciones recibidas, con la esperanza, una vez expulsados los fascistas y los alemanes, de continuar la lucha por la creación de una Italia comunista.
Así comenzó una “caza de brujas” y muchos fascistas o presuntos fascistas empezaron a ser encerrados en la cárcel de Via Baratto, víctimas más que nada de espías anónimos, surgidos más de viejos rencores personales que de verdaderos motivos políticos y militares.
De hecho, entre el 27 y el 28 de junio de 1945, el jefe de las autoridades aliadas en Schio, el capitán Stephen Chambers, lanzó un llamamiento según el cual todo prisionero encarcelado sin pruebas concretas, después de cinco días de detención (sin que se hubiera probado su complicidad con los alemanes y los fascistas) sería liberado. Siguieron protestas y marchas que apenas fueron calmadas por las autoridades de seguridad: la locura colectiva, sin embargo, estalló durante la noche del 6 al 7 de julio.
Un destacamento de partisanos, comandado por Igino Piva y Valentino Bortoloso, irrumpió en la prisión con la clara intención de fusilar sumariamente a cualquiera que se pusiera a su alcance. Independientemente de quiénes fueron los arrestados (muchos de ellos, de hecho, esperaban a salir de prisión porque se habían retirado todos los cargos contra ellos), después de poco más de una hora se apretaron los gatillos: bajo el fuego de ametralladoras y fusiles, 54 personas murieron y muchas más resultaron heridas.
El eco de la masacre tuvo resonancia no sólo a nivel nacional; Las autoridades aliadas impusieron una investigación, que no concluyó hasta 1952, de la que surgió que sólo veintisiete personas (entre los muertos) estaban de algún modo en connivencia con el régimen fascista anterior y en distintos grados: desde los que simplemente poseían el carnet de miembro del Partido Republicano Fascista para acceder a las distribuciones de alimentos, pasando por los que servían en las fuerzas armadas, hasta los que eran meros espectadores de la guerra.
Cabe señalar que, de manera bastante excepcional en comparación con otras ejecuciones sumarias que ocurrieron en los meses posteriores a abril de 1945, también el Partido Comunista Italiano y la Cámara del Trabajo (hoy sindicato CGIL) condenaron duramente el incidente. Todos los autores de la masacre, identificados casi inmediatamente, huyeron a Yugoslavia, excepto cinco que fueron condenados a cadena perpetua en el juicio militar aliado (dos de ellos fueron condenados a muerte, pero las sentencias no se ejecutaron), aunque cumplieron entre 10 y 12 años de prisión. Tras dos procesos posteriores llevados a cabo por las autoridades italianas, se identificaron a otros autores y se dictaron ocho condenas más a cadena perpetua, de las que sólo una se ejecutó, ya que los demás acusados ya se habían refugiado en Europa del Este.
Pero si la guerra civil es absurda, lo peor que puede ensangrentar a una nación, absurdo fue el destino de los muertos en Schio. Siempre es Giampaolo Pansa quien recuerda algunas de sus historias: «Entre los asesinados también estaba una ama de casa de 68 años, Elisa Stella. Había alquilado un piso a un hombre que, al cabo de un tiempo, se negó a pagarle el alquiler.
Cuando la casera protestó, el inquilino moroso, que entretanto se había convertido en guerrillero, creyó conveniente denunciarla como una fascista peligrosa. La mujer fue arrestada, encerrada en la prisión de Vía Baratto y allí acabó entre los masacrados el 6 de julio» .
versión en italiano.
https://segretidellastoria.wordpress.com/2020/05/21/leccidio-di-schio/
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