DE TODO HAY EN LA VIÑA DEL SEÑOR Jose Pla DIARIO DE BARCELONA.
Preámbulo: Las tropas de Tito ocuparon Trieste en mayo de 1945, poco antes del fin de la Segunda Guerra Mundial, con la intención de anexionarla a Yugoslavia
Página 2 DIARIO DE BARCELONA Jueves, 14 de Junio de 1945
DE TODO HAY EN LA VIÑA DEL SEÑOR
De los residuos humanos que los últimos años nos han legado, dejaremos de lado a los sofistas y que con su conciencia se las compongan, si pueden. Más divertida aparece hoy la figura del augur, del profeta, de este curioso tipo que nos describe la futura paz con un entusiasmo para la catástrofe verdaderamente admirable, incontenible. Desde hace hace bastante tiempo que estoy en correspondencia con estos augures y me los sé de memoria. Han encontrado mal que yo escribiera en estas columnas que conviene al orden general europeo que Trieste continúe siendo una ciudad italiana. Me han recordado que desde que Trieste ha formado parte del reino de Italia, se ha convertido en una ciudad muerta, con un puerto paralizado a consecuencia de no haber podido disponer del "hinterland" que, en tiempos de la monarquía austrohungarica, constituyó la razón de su prosperidad y de su fuerza. ¡Vaya novedad! Pero mi pregunta es ésta: ¿es que ha de darse como como inconcusa e ineluctable la repetición, por parte de la futura política italiana, de los errores cometidos por la política anterior? ¿Es que constituye una incontrovertible fatalidad el que la Italia del futuro desarrolle la misma política centroeuropea que vimos desarrollar a Mussolini con tan grave merma, no sólo de los intereses de Trieste sino de los generales de la península? Yo no creo en las fatalidades históricas, sobre todo en aquellas que implican una retorsión de la economía. Esto fue el Tratado de Versalles: una retorsión, una corrección caprichosa de la economía europea. Por esto saltó en pedazos al primer embate de un cierto volumen. ¿Se desea que la paz se funde otra vez en principios semejantes a los de Versalles? Los augures, al parecer, lo desean. No hay ninguna persona sensata que aspire a ello.
La grandeza de Trieste la hizo el imperio austrohungárico. Su puesto llegó a ser uno de los primeros del mar interior. Su "hinterland" tuvo dilatada extensión. porque llegó de Bohemia al fondo de los Balcanes. Europa, en aquellas felices épocas, estuvo dividida por lo que a la economía de los puertos se refiere en dos grandes vertientes: la vertiente del norte utilizó Amberes, los grandes puertos holandeses y los puertos alemanes del Hansa. En la vertiente sur, fueron utilizados Marsella, Génova, Trieste, Salónica y Constantinopla. Cuando Trieste pasó a formar parte de la nación italiana, la ciudad decayó verticalmente y su puerto pasó de la máxima actividad a la morosidad y el vacío. Esto se produjo por razones políticas imputables, en general, a las normas de la Consulta. El primer error fué la bravata de D'Annunzio en Fiume desde la cual, no hubo en el Adriático ni un solo momento de seguridad y de paz. El segundo error fué la negativa permanente de Italia a que se volviera a la unión de Austria con Hungría. El tercer error, fue la sistemática oposición de Italia a la Pequeña Entente. El cuarto error fue la absorción de Austria por Alemania. El quinto y definitivo fue el Eje -el único tratado de la historia diplomática italiana conocido, en que Italia no alcanzó una contrapartida. Todas estas causas y concausas, eliminaron de Trieste a sus clientes. Yugoslavia creó al lado de Fiume, el puerto más vivo del Adriático: Susak. Fue un dolor verdaderamente comprensible el de los triestinos colocados entre la espada de la miseria y la pared de los esfuerzos realizados por aquella ciudad a favor de la unidad italiana y el Risorgimento.
¿Pero esto, ha de suceder siempre? ¿Esa que Suiza dejará de servirse de Marsella y de Génova por el hecho de ser un país completamente independiente de Francia y de Italia? ¿Es que los puertos holandeses no continuarán siendo utilizados por el comercio y la industria del Rin y de Westfalia por el hecho de que Holanda vuelva a ser un país de soberanía? ¿Es que Trieste no ha de contar con su "hinterland" natural aunque forme parte de Italia? El problema es esencialmente político y su resolución depende en gran parte de dos factores: primero, de la simpatía, que es como decir del imponderable diplomático, después de la baratura, que es el factor esencial del imponderable económico. Lo que la diplomacia norteamericana llama la política del buen vecino, ¿no podrá nunca establecerse en Europa? ¿Hasta cuándo la política continuará siendo el factor más perturbador de la economía europea? Estamos demasiado hechos al simplismo de las ideas. El "o todo o nada", que suele tener el peligro de acabar siempre en el nada.
A todo esto se reduce el problema de Trieste. Es bien poca cosa. Es un problema que para los países más aligerados de retórica -para los EE. UU., para Inglaterra- no tendría existencia posible. Cosas de mucha más envergadura están apuntando en los Balcanes, cosas que no merecen, al parecer, la atención de nuestros observadores oficiales y que podrían tener una inmensa trascendencia, Pocos fenómenos tan interesantes ocurren hoy en Europa como este movimiento de tendencia federativa que en los Balcanes está dando crecientes señales de vida. Cuando se habla, en el occidente europeo de los Balcanes, es imposible no pensar en el peyorativo: en el balcanismo. Por balcanismo se entiende exactamente lo contrario de lo que los americanos llaman la política del buen vecino: se entiende la política del mal vecino. Exacerbación del nacionalismo, inseguridad fronteriza. tirantez diplomática constante, incapacidad para la unión a prueba de bombas, de bandas y de tiros. El balcanismo es la llaga de los Balcanes, la enfermedad constitucional de aquella península. No es necesario recordar la innumerable cantidad de veces que la política balcánica, frívolamente jugada por las cancillerías de las grandes potencias perturbó la paz de este continente y originó conflictos y guerras.
Una de las cosas que me sorprendieron más siempre en los Balcanes, fué cuando se viajaba por aquellas tierras, constatar el dualismo que en la opinión opinión de aquellos países se manifestaba. Los políticos hablaban a los periodistas de combinaciones de carambolas a tres bandas, de obscuras y complicadas intrigas -siempre patrióticas desde luego. La política era como un gran montón de barro que se modificaba constantemente. En cambio, hablaba uno con la gente con profesores, médicos, comerciantes, ingenieros- ya fuesen búlgaros o croatas, macedonios o eslovenos, con serbios ortodoxos o con croatas católicos con eslovenos de alfabeto latino o con búlgaros de alfabeto eslavo y la opinión era siempre la misma: esto -decian- no tiene más que una solución: federar estos países, El dilema es simple: o balcanismo y perturbación permanente o federación y seguridad cierta.
La aparición de síntomas federativos en los Balcanes constituye, a mi modesto entender, una excelente noticia, no sólo para la ciudadanía de aquellos países, que no desean otra cosa desde hace muchísimo tiempo, sino para el orden y la paz de Europa, que tantas veces fue perturbada por el balcanismo. La ocasión es única por el aligeramiento que aquellos países han podido observar debido a las circunstancias de los últimos años y por la profundidad de la convulsión misma. No es este un problema que pueda resolverse de arriba a abajo, a la manera abstracta, en virtud de una orden cualquiera. Es un plato que ha de cocerse a fuego lento y con mucha delicadeza. Sí en el momento de la paz lo que es hoy verosimilitud, ha madurado lo suficiente para ser una realidad. Europa se quitará un gran peso de encima.
J O S E P L A
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Jueves, 14 de junio de 1945, Diario de Barcelona, artículo en página 2.
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